Yo le grito al viento porque a él sí me atrevo a susurrarle algunas cosas. Al resto del mundo, no. Pero le grito escribiendo, porque sino los demás pueden oír el estruendo de mi voz. Y eso me da pánico.
Aunque ayer sonreí. Sonreí porque era primavera, y en ese momento decidí que quizá habría que intentar prolongar esta estación y reír un poco más: y a lo mejor para que de verdad marchara el invierno habría que empezar desatascando todo lo que siento...
Dicen que estos cacharros modernos de escribir por Internet son una estupenda terapia de uno consigo mismo... A lo mejor tendría que probar y hacer uno, superando mi miedo a leer lo que escribo y a que lo lean otros. Supongo que me da miedo porque, cuando las cosas quedan dichas, parece que se hacen más reales. Y eso obligaría a la mitad de mí misma a reconocer cosas que la otra mitad odia.
Hay más razones por las que me da miedo: hasta ahora, sólo le había enseñado minúsculas partes de lo que escribo a cuatro personas. Esperando, sin querer, que valoraran no tanto lo que decía o cómo lo decía (pa gustos los colores, y nunca fue mi objetivo), sino el esfuerzo que me suponía mostrarlo. Por orden cronológico, pongamos que a la primera y la tercera de estas personas, por decirlo diplomáticamente, les trajeron al pairo mis manifestaciones interiores. La cuarta, en cambio, se entusiasmó (“devoro tus mails”, decía) y me animaba a seguir, incluso a mostrar... (¿intuía mi futuro o lo estaba predeterminando?). Pero no sirvió absolutamente para nada. Aparte de para frustrarme y encabezonarme en un sentimiento que seguro que no es, ni de lejos, tan grande como lo pinto.
Lo cierto es que, de las cuatro, la segunda persona es la única que sigue ahí.
Porque siempre callé bastante más de lo que hablé (por difícil que parezca), pero no por elección sino porque no soy capaz (reconozcámoslo), y eso es un secreto que hasta hace poco nadie sabía (la interpretación se me daría de perlas si me lo propusiera). Pero últimamente soy menos capaz aún, y callo mucho más de lo que hablo. Y a lo mejor esto es lo que está desbordándome. Y puede que necesite soltarlo todo para ir quitando lastres de mi vida: así que, como no se lo puedo decir a quien debiera oírlo, mejor gritárselo al viento. No grito todos los días, ni mucho menos. Generalmente me dejo llevar plácidamente. Pero de vez en cuando viene un Levante (o un Poniente, según de donde lo mires) tremendo y me recuerda que no todo está tan tranquilo como quiero que parezca. Así que primero voy a gritar todo lo que tenía atrasado, y después veremos si van saliendo susurros o estruendos... Y serán menos monotemáticos, prometido.
Y, además, como después de mostrar lo que escribo, sea a quien sea, me siento idiota y vulnerable... A ver si así me venzo.
pd: siempre me gustaron los martes y trece...
Aunque ayer sonreí. Sonreí porque era primavera, y en ese momento decidí que quizá habría que intentar prolongar esta estación y reír un poco más: y a lo mejor para que de verdad marchara el invierno habría que empezar desatascando todo lo que siento...
Dicen que estos cacharros modernos de escribir por Internet son una estupenda terapia de uno consigo mismo... A lo mejor tendría que probar y hacer uno, superando mi miedo a leer lo que escribo y a que lo lean otros. Supongo que me da miedo porque, cuando las cosas quedan dichas, parece que se hacen más reales. Y eso obligaría a la mitad de mí misma a reconocer cosas que la otra mitad odia.
Hay más razones por las que me da miedo: hasta ahora, sólo le había enseñado minúsculas partes de lo que escribo a cuatro personas. Esperando, sin querer, que valoraran no tanto lo que decía o cómo lo decía (pa gustos los colores, y nunca fue mi objetivo), sino el esfuerzo que me suponía mostrarlo. Por orden cronológico, pongamos que a la primera y la tercera de estas personas, por decirlo diplomáticamente, les trajeron al pairo mis manifestaciones interiores. La cuarta, en cambio, se entusiasmó (“devoro tus mails”, decía) y me animaba a seguir, incluso a mostrar... (¿intuía mi futuro o lo estaba predeterminando?). Pero no sirvió absolutamente para nada. Aparte de para frustrarme y encabezonarme en un sentimiento que seguro que no es, ni de lejos, tan grande como lo pinto.
Lo cierto es que, de las cuatro, la segunda persona es la única que sigue ahí.
Porque siempre callé bastante más de lo que hablé (por difícil que parezca), pero no por elección sino porque no soy capaz (reconozcámoslo), y eso es un secreto que hasta hace poco nadie sabía (la interpretación se me daría de perlas si me lo propusiera). Pero últimamente soy menos capaz aún, y callo mucho más de lo que hablo. Y a lo mejor esto es lo que está desbordándome. Y puede que necesite soltarlo todo para ir quitando lastres de mi vida: así que, como no se lo puedo decir a quien debiera oírlo, mejor gritárselo al viento. No grito todos los días, ni mucho menos. Generalmente me dejo llevar plácidamente. Pero de vez en cuando viene un Levante (o un Poniente, según de donde lo mires) tremendo y me recuerda que no todo está tan tranquilo como quiero que parezca. Así que primero voy a gritar todo lo que tenía atrasado, y después veremos si van saliendo susurros o estruendos... Y serán menos monotemáticos, prometido.
Y, además, como después de mostrar lo que escribo, sea a quien sea, me siento idiota y vulnerable... A ver si así me venzo.
pd: siempre me gustaron los martes y trece...
3 comentarios:
Los dos sabemos que era cuestión de tiempo que esto ocurriera ;)
Aunque al principio pueda darte cierto vértigo sentirte desnuda, sólo te doy un consejo: no coartes tus sentimientos. Este rincón es para ti y para los que tú quieras, así que no tiene sentido que te sientas insegura.
On se voit bientôt!
¡¡Gracias por los ánimos!! (comme d'habitude). Creo que mientras quede el anonimato, el vértigo estará bajo control.
Los dos (y alguna que otra persona más, que no va a leerlo) sabíamos que era cuestión de tiempo que esto ocurriera... lo que pasa que yo tengo la mala costumbre de negarme ciertas cosas a mí misma, de vez en cuando.
Publicar un comentario