La
vuelta al cole, al margen de lo que opine El Cutre Inglés, suele ser un momento complejo, ilusionante y agotador al mismo tiempo. Entre las ventajas, destaca de forma clarísima el
reencuentro con Compipiso, con quien el último ataque de risa ha terminado hace escasamente 10 minutos, llanto incluido. Esperemos que
Anónimo (así hemos bautizado al Compipiso complementario que nos falta, y que esperamos encontrar pronto por el bien de nuestro bolsillo) sepa entender nuestro humor absurdo e irracional.
Por otra parte -los caminos que mi mente sigue para enlazar sus propias conexiones son inescrutables-, hoy el mundo (la vida, el universo, Dios o llámalo X) me regaló otro de esos momentos mágicos y especiales que sirven pa' que empieces el día con buen pie. Pa' arrancar
sonrisas especiales y gratuitas. Del tipo de
aquella libreta roja.
Porque, efettivamente, volver al cole implica reencontrarte con cosas estupendas de ésas que forman parte de tu rutina sin que te des cuenta. Así pues, íbamos Compipiso y yo alegremente (todo lo alegremente que se puede ir a las 8'30 de la mañana: básicamente acordándote de los parientes fallecidos del inventor del despertador), buscando el camino más rápido para llegar a la Facultad ahora que las circunstancias monetario-especulativas nos obligaron a vivir donde Cristo perdió el mechero. Esto implica, a esas horas intempestivas, encontrarte la primera alegría de la mañana: los enanos soñolientos pero sonrientes que, ellos sí, vuelven al cole.
Y entonces -por fin, que me enrollo más que una persiana- llegó el momento del que hablo: me acordé de pronto de aquel crío rubio, de ojos claros y cabeza ligeramente más grande que el resto de su cuerpo, que solía encontrarme, años ha, a esa misma hora, en ese mismo camino, todas las mañanas en el mismo punto de la calle, a la altura del paso de cebra sin rebajes. Y siempre, siempre, iba enfurruñado, llorando cual berraco, con los ojos hinchados por el sueño y el berrinche, la criaturica. De la mano de su abuela, que debe haberse ganado el cielo -integración de la mujer en el mercado laboral, creo que le llaman-. Animalito.
Se me ocurrió que quizá volviera a encontrármelo y a reconocerlo. Compipiso lo creyó improbable... Pero se equivocó. Tras dos falsas alarmas, a la tercera fue la vencida. ¡¡¡Era él!!! De la mano de la misma abuela, con el mismo babero encima del chándal, la misma tendencia fisionómica a la cabezonería, dos palmos más... Y sin llorar. Ya, ya sé que es una de mis tonterías... Lo cierto es que me hizo una ilusión que no sabía si reír o llorar. Pequeños grandes placeres de la vida, opino. Y me ha tenido todo el día silba que te silba.
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La casualidad de encontrármelo de nuevo, entre toda la gente que me cruzo a lo largo del día ahora que camino tanto, me recordó además que el mundo es un pañuelo. Tan pañuelo como pa encontrar, al cabo de una surrealista noche etílica, antiguas compañeras de clase que resultan estar en tu propia facultad.
Un mundo tan tan pequeño que te permite realizar los siguientes estudios de campo: tome usted los conceptos amiga/o, novia/o y prima/o. A continuación, interrelaciónelos, a ver qué sale. Con el método experimental más sencillo se obtiene la fórmula "Soldado del amor = primo del novio de amiga". Se trata por tanto de variables que relacionan a "persona a 800 kms que es el primo a 300 kms del novio a 600 kms de tu amiga a 100 kms"...
Sin embargo, arduas investigaciones (un par de llamadas telefónicas y veinte minutos con la boca abierta por la sorpresa) le permitirán descubrir que dichos conceptos concluyen también con la fórmula "Soldado del amor = amigo del novio de la prima de otra amiga" --> lo que viene siendo "soldado a 800 kms, amigo a otros tantos kms del novio a 300 kms de la prima a 600 kms de tu amiga a 100 kms". Y quien me entienda que me compre.
¿¿A que acojona??
Conclusiones: que a veces bastan los pequeños detalles para renovar el brillo de la mirada, a veces basta querer sonreír para lograrlo, aunque en concreto el ejemplo práctico de esta mañana demuestre mis debilidades al respecto; y que no puede uno esconderse ni ir de incósnito porque al final todo el mundo conoce a todo el mundo...
***** "Vini, vidi, pinci... Y repinci repinci hasta que vinci" (palabras más o menos; batallas más o menos).