Despídete –se dijo- de la silla en la casi nunca te sentaste, del escritorio que golpeaba la pared con el bamboleo de tu escritura, de los postigos traviesos y la chimenea por la que se colaba el viento en las noches de tormenta, de los cajones de plástico blanco, del armario frágil y efímero. De la mesilla de noche, magnífica compañera de viaje que sostuvo más libros en los que evadirte y más libretas, de inspiración seca, que ninguna otra hasta ahora. Se despidió de la almohada, que se había tragado, sin rechistar, todas sus lágrimas: las que salieron a borbotones y las que su orgullo y su miedo pretendieron ignorar.
Se despidió del sofá herrumbroso, roído pero acogedor. Del teléfono que nunca funcionaba cuando hacía falta. De la tele, objeto ornamental por excelencia, porque nunca se encendía y porque la chica de coletas y ropa extravagante, ésa que tocaba el arpa, la llenó de flores y otras excentricidades de tiza. De la mesa minúscula donde siempre prefirieron estudiar, con ruido, poca luz y sillas incómodas, pero en comunidad. De la pizarra de las instrucciones, de la pared llena de fotos. De la cocina que tardaba mil años en hervir los calabacines, y el microondas al que había que suplicarle para que calentara el café. De los vasos que quedaban vivos y el cementerio-fregadero de los que perecieron por el camino. Se despidió de la nevera llena de quesos.
Despídete, en definitiva, de este piso que se pasó todo el curso lleno de gente, este piso que cobró vida propia y abría, sin pedir permiso, las puertas, la nevera y los colchones a media ciudad.
Segundo paso: despídete de los lugares. Se despidió de la ciudad, con el corazón en un puño y las sienes a punto de estallar. Trató de consolarse con el regreso, porque siempre tendría que haber un regreso. Se despidió de los kebabs con sonrisa incorporada, de las salsas y de las napolitanas. Del mercado y el rastrillo, de su barrio multiétnico, de las iglesias sucias y los obeliscos rosas horteras. De las tortugas y los leones, de los puentes de piedra y los ríos traviesos. Del otro mercado, el de los domingos, ése en el que el vino empieza a las 12 de la mañana y termina con tres pelandruscas durmiendo juntas la siesta, apretadas en la misma cama, a las 9 de la noche.
Se despidió de los bares originales, de los instrumentos, los barrios bohemios; de los cines originales (su cine), y las películas subtituladas. De los imponentes edificios decrépitos, vestigios de un pasado señorial y negrero. Se despidió de las calles llenas de tiendas, de las librerías baratas, del tranvía. Del temps pourri que, él sí, le hacía menos dura la despedida. De la facultad, con menos pena que gloria, y del viejito que recargaba la máquina todas las mañanas.
En la ciudad había muchas más cosas de las que despedirse, pero ya no tuvo valor para seguir adelante con esa desazón. Sin querer, o quizá queriendo, se puso una coraza (del mismo color del caparazón) y adoptó una actitud fría y ausente, que desconcertaba pero no engañaba a nadie, y menos a sí misma. En realidad su distancia no era por ganas de ponerse siesa a estas alturas, sino más bien porque tenía el prisma de la realidad tan deformado que se sentía ausente incluso de sí misma.
Despídete del «qu’il fait chaud!!», de las obviedades de besugo (“Tu as faim, toi? ... Excusez-moi, question à ne pas poser»). Se despidió del idioma, del sonido del idioma, y de la mezcolanza de idiomas que ellas hacían, cambiando el vocabulario y pronunciando a lo castroho («Qu’est-ce que me estás contando?»).
Y ahora, por lo que más quieras, si aún te queda algo de sentido común, adopta la técnica del avestruz y evita el tercer paso: no te despidas de la gente. Mejor sal corriendo hasta que no estés a tiempo de arrepentirte, no te des ese mal rato, aunque tengas la certeza de que a muchos de ellos no volverás a verlos y que dos años no fueron suficientes. Eso, sin embargo, masoquismo o sentimentaloidedad (bonito palabro), no estaba segura de ser capaz de conseguirlo.
Había intentado no despedirse de nada, pero el universo entero conspiró para despedirse de ella. Así que, a fuerza de cabezonería, trataría al menos de hacerlo sonriendo; porque a veces la tormenta daba paso al sol y, pensaba, de tanto intentar créerselo al final a lo mejor conseguiría convencerse a sí misma.

