sábado, 18 de abril de 2009

Atónita

El otro día, el del tradicional botellón del 14 de Abril, acabamos hablando, como de costumbre, de las dos cuestiones principales de la vida: de política y de sexo. Y me preguntaba el amigo carnavalero, ante mis vehementes afirmaciones, si es que yo nunca le había dicho a mi pareja eso de “Ay no, es que me duele la cabeza” o, más directamente, “Hoy no me apetece”.

Me quedé reflexionando para asegurarme de no mentir… Pues no, la verdad es que no. Yo nunca le he dicho que no a un polvete previsiblemente bueno (doy por hecho que con una pareja lo es: si no, no es pareja, por lo menos no mía). Ni siquiera a uno previsiblemente rutinario. El 95% de las veces he tenido las ganas incorporadas per se, y en el 5% restante no ha sido demasiado difícil contagiármelas… En eso El Hombre era único: en asegurarse, en el 1% de los casos en los que yo andaba demasiao pillá de tiempo como pa pensar en sexo y él tenía que convencerme de alguna manera, de que el 99% restante de las veces no tendría ni que insistir.

Hasta hoy. Hoy ha sido la primera vez que he rechazado una oferta potencialmente atractiva y satisfactoria porque, sencillamente, no me apetecía. Me ha podido la pereza a las ganas. Y eso que anoche, haciéndote caso as I use to, hice los deberes y me dejé las piernas suavitas suavitas. Incluso al saber que no sé cuándo se me va a volver a presentar ocasión alguna (sobre todo una vez revisado el calendario y comprobada la inoportunidad de los ciclos “aquéhuelenlasnubes”).

Y yo me pregunto… ¿Será esto normal? ¿A qué se deberá? ¿El recule de la primavera? ¿El desajuste de mis biorritmos? ¿La vejez? Y, lo más importante… ¿Debería preocuparme?

domingo, 12 de abril de 2009

Volviendo

Abro la libreta aún guardada en el equipaje de mano y me encuentro con esto escrito...


La vida son pequeñas cosas, eso ya lo sabíamos. Pequeños detalles. Por ejemplo, la salsa envasada de una ensalada envasada que te dan en un avión (envasado). Una salsa que te teletransporta, como por arte de magia, a aquella ciudad (y aquel comedor con palmeras). Un sitio que echas tanto de menos que cuando, en momentos como éste, algo te lleva allí, el dolor te desgarra por dentro. Y te encanta el dolor, te encanta su raíz. Y de repente te encanta la vida (o quizá sea el efecto combinado de jaqueca, antihistamínicos, fiebre y vino).


***** “Que se fundan balas para hacer campanas de libertad”

jueves, 2 de abril de 2009

Constatando evidencias...

Yo: "Desde luego... Si es que... Se nos escapan los mejores"

Ella: "¡Cómo lo sabes...!"




***** "Mi galeón sigue el suspiro del Poniente... Treinta cañones por el aire van silbando... Ya sale el sol hacia babor por Punta del Diablo... Por un bajel que se marchó cantando triste esta canción. Oh oh oh y una botella de ron"