sábado, 26 de abril de 2008

Pequeño ejercicio de autoplacer

Coge un tomate, preferentemente muy maduro. Míralo un ratito. Si los insecticidas han dejado algo, disfruta de su olor. ((Lávalo, so pena de dejarte el estómago))

Ahora muérdelo como morderías una manzana. Siente cómo tus dientes rasgan su piel. Mastica despacio, dejando que tus papilas gustativas se recreen en saborearlo. Cuando hayas tragado ese primer bocado, elige la parte carnosa y acuosa del centro, pon tus labios sobre la parte externa y, con los dientes y la lengua sobre la carne, absorbe el jugo. Chupetealo.

Luego sigue repitiendo la operación muy despacio: mordisco por la parte externa, absorción, chuperreteo y disfrute de la parte interna. Y, siempre siempre, disfrutando del olor, del sonido de tus movimientos y, sobre todo sobre todo, de su sabor.

Sólo hay otro ejercicio en el que el uso de los labios y la lengua se me antoje más placentero (y aun así depende del caso, jeje)... Pero ése no creo que haga falta explicarlo aquí.

¿Alguien se atreve a llevarme la contraria?

sábado, 12 de abril de 2008

La hora más oscura

El Alquimista le dijo:
"Siempre, antes de realizar un sueño, el Alma del Mundo decide comprobar todo aquello que se aprendió durante el camino. Hace esto no porque sea mala, sino para que podamos, junto con nuestro sueño, conquistar también las lecciones que aprendimos mientras íbamos hacia él. Es el momento en el que la mayor parte de las personas desiste. Es lo que llamamos, en el lenguaje del desierto, morir de sed cuando las palmeras ya aparecieron en el horizonte.

Una búsqueda comienza siempre con la Suerte del Principiante. Y termina siempre con la Prueba del Conquistador".

El muchacho se acordó de un viejo proverbio de su tierra. Decía que la hora más oscura era la que venía antes del nacimiento del sol".

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Pues eso... A ver si soy o no capaz de Conquistar. A ver si resisto los embites de esta hora oscura. Y a ver si va naciendo ya el sol, que el reloj se para y tengo frío...

miércoles, 2 de abril de 2008

Pan y ternura

Odio a esas sucias ratas del cielo. Odio que destrocen los monumentos y los adoquines. Odio que lo invadan y ensucien todo. Y odio que hagan siempre amago de echársete encima, de hecho si yo fuera fan de Hitchcock ellas serían mi bestia negra. Odio atravesar una plaza con miedo a que se desahoguen sobre mi cabeza. Las odio, incluso aunque a algunos les guste que les dejen los brazos arañados.

Odio a las palomas. Pero me encanta, sin embargo, que aún queden viejitos dispuestos a levantarse a las 8 de la mañana y ponerse en chaqueta y corbata, como el solemne ritual merece, para darles de comer con un puñado de migas de pan y una ternura infinita.

Así dan hasta ganas de hacerse mayor.