martes, 1 de mayo de 2007

La reencarnación de Shigasad

Compipiso es una de esas personas humanas (es un decir) que daría para escribir varios libros. Vamos a empezar por un capítulo cualquiera.

Érase una vez un día lluvioso. Compipiso es esa persona que acepta mis propuestas de ir, en medio de una tarde de trabajo, al cine a ver una pinícula que puede servirnos pa’ los exámenes (fijarse las ideas). Pero Compipiso también es esa persona que, cuando veo que la lluvia aprieta y comento que quizá sería mejor dejarlo, afirma muy convencida “¡Noooooo! ¡No pasa nada!”; esa misma que hace que tengamos que ir todo el camino con la lengua fuera porque a la señora se le ocurre en el último momento mirar sus emails y perder su paraguas.

Compipiso es, por supuesto, ese espíritu saltarín que piensa que, a falta de pan, o de paraguas, buenas son tortas... O pashminas de unos 0’3 milímetros de grosor, que se lía en la cabeza con la gracia y naturalidad que la caracterizan. Preguntándose, al mismo tiempo, si, en este Sarko-país, la detendrán por parecer Osama (sí, sí, tienes tú una cara de Osama...). Y rechaza pegarse a mi culo para caber bajo mi paraguas. Y propone ir hasta el cine corriendo (como todo el mundo sabe, los adoquines de esta ciudad no resbalan). Y no para de reírse y de hacerme reír. Y pega un grito que se oye hasta en Pekín (por lo de su turbulenta historia de amor-pasión con los chinos), al pasar por la esquina de un soportal del que caen, en vez de chorros, las cataratas del Niágara. Y se dedica a empujarme para que me caiga del bordillo a la carretera y, a ser posible, me rompa la crisma (pero a ver entonces quien paga la mitad del alquiler). Y a lloriquear, cada vez que un charco o un torrente de agua acosa nuestros pies, porque “en esta ciudad siempre llueve”.

Finalmente, llegamos al cine... Y hay cola desde la calle. Y nuestra pinícula tiene colgado el cartel de “completo”. Compipiso se convierte entonces en esa persona que, con las pashmina adherida (casi incrustada, diría yo) en el pelo y en la piel, chorreando lluvia, exclama: “¡¡Parezco Shigasad!!” (Sherezade, pa los amigos). Esa persona que se pasa, de nuevo, todo el camino de vuelta echándome la culpa a mí de este desastre –un error de base, pues ya comenté que yo propuse la idea pero ella la impuso pese a que los elementos se conjuraran en nuestra contra-. Que va pegando saltitos y bufidos, de nuevo, para esquivar los charcos. Que está a punto de comerse a los enanos con paraguas que se le cruzan por delante. Que, dos años después, sigue perdiéndose por las calles del barrio. Que asegura que “Esta tarde nos vamos a ir a correr, aunque llueva, si eso nos vamos en bikini” (sí, sí, pero el mío tiene flores). Que se gira para gritar “¡Cállate, tonto!” cuando los tíos al pasar se ríen de nuestra pinta.

Es esa persona de un optimismo tan mortificadoramente revitalizante que, poniendo en peligro la estabilidad y dignidad de mi esfínter, hace que regresemos a casa pegando saltos y bailando, a pleno pulmón. A lo Fred Astaire. “I’m singing in the rain”.

En resumen: hemos llegado con charcos en los pies y la ropa pesando 3 kgs más... Pero nos lo hemos pasado pipa nosotras con nosotras mismas.



pd: la próxima vez que diga en un comment que voy mejor con lo de regenerarme la baba... que alguien me recuerde que me meta la lengua en el culo, no sea que los astros y la informática sigan aliándose en mi contra.

1 comentario:

DaNieLo dijo...

¡Tienes un alien eo ma ma ma viviendo contigo!

Si es que no puede llamarse de otra manera...