La verdad verdad es que, poniéndome cursi (lo cual ciertamente no se me da nada mal), sólo por oírte llorar y conseguir que te durmieras en mis brazos ya merecieron la pena 2.400 kilómetros y mil millones de horas de trayecto... Que, al fin y al cabo, tú fuiste la causa de tanta carretera. Pero en fin, también hubo más cosas, no nos vamos a engañar. Por ejemplo:
La comida (¡cómo no!): las torrijas, los flanes, las fresas. Comer sardinas en la playa, así sea con el abrigo puesto... No tiene precio. Traer nuevas fotos y dibujos (acuarela including, verás como al final nos sacas de pobres, niña). Tomar nueva conciencia de mis zonas irracionales: aunque me empeñe en que no es pa’ tanto, ¡¡mira que me gusta el olor a incienso y su correspondiente etc!! Tener demasiadas cosas que hacer. La luz que sale en las fotos: al final va a resultar cierto que le da otro color. Las conversaciones, como siempre. Mi cama. Mi casa. Mi teléfono. Que me reconozcan por ser la “hermana de” (trauma trauma trauma).
Ser la psicóloga de la familia –me gustaría que no fuera necesario, pero el que no se consuela es porque no quiere- y que él, el pilar más fuerte y estable de la tribu, se desahogue y me confiese que va a reventar. Escuchar ese “Nos vas a hacer mucha falta” (ya que no siempre me encuentro utilidad a mí misma, mejor que me la encuentren los demás).
Comprobar que, entre tema y tema, mis hormonas llegaron apáticas y se van un poco revueltas –así sea para llevar la contraria-. Llegar a las 4, leer hasta las 6. Levantarme de la cama, coger el libro que olvidaste en mi mochila, abrirlo al azar y ponerme enferma.
Los momentos de surrealismo (contigo, como no podía ser menos). El café de siempre en el lugar y la hora de siempre. Las mezclas de personas que parece que salen bien. Llevaros a la playa a esas horas de la noche para que os subáis la autoestima pensando que quiero hacer un trío con vosotros :-). Los mexicanos locos. Definir a las personas (moreno, ojos marrones, así guapillo). Definir a los bares (estilo puticlub veneciano).
Llegar a casa a las 2 de la mañana y volver a la calle a las 2,30, para que me vuelvan a confundir contigo.
Madrugar para recogerte, enseñarte mis rincones: tú me invitas al tren, yo te invito a comer. Ponernos al día en muy muy poquito (“Es un problema de actitud”. ¡¡Pepino!!). Merendar burradas en el sofá. Llevarte de vuelta a la estación y salir corriendo, sin mirar atrás, antes de que vuelvas a ponerme esa cara y yo vuelva a cogerme otra rabieta diciendo adiós.
Ceder ante tu “chantaje emocional” (palabras textuales) por ver la sonrisa que te salió cuando me viste aparecer. Tus mensajes sobre las precauciones y los chiquitos (que a mi neurona aturdida le costó pillar). Verte a diario la primera parte de la semana. Echarte de menos a diario la segunda parte. Correr contra el granizo, los estudiantes que colapsan los buses de la costa, los regalos que me quedaban por comprar y las autoescuelas que te quedaban por pagar. Por cierto... ¡¡Feliz Cumpleaños!!
La comida (¡cómo no!): las torrijas, los flanes, las fresas. Comer sardinas en la playa, así sea con el abrigo puesto... No tiene precio. Traer nuevas fotos y dibujos (acuarela including, verás como al final nos sacas de pobres, niña). Tomar nueva conciencia de mis zonas irracionales: aunque me empeñe en que no es pa’ tanto, ¡¡mira que me gusta el olor a incienso y su correspondiente etc!! Tener demasiadas cosas que hacer. La luz que sale en las fotos: al final va a resultar cierto que le da otro color. Las conversaciones, como siempre. Mi cama. Mi casa. Mi teléfono. Que me reconozcan por ser la “hermana de” (trauma trauma trauma).
Ser la psicóloga de la familia –me gustaría que no fuera necesario, pero el que no se consuela es porque no quiere- y que él, el pilar más fuerte y estable de la tribu, se desahogue y me confiese que va a reventar. Escuchar ese “Nos vas a hacer mucha falta” (ya que no siempre me encuentro utilidad a mí misma, mejor que me la encuentren los demás).
Comprobar que, entre tema y tema, mis hormonas llegaron apáticas y se van un poco revueltas –así sea para llevar la contraria-. Llegar a las 4, leer hasta las 6. Levantarme de la cama, coger el libro que olvidaste en mi mochila, abrirlo al azar y ponerme enferma.
Los momentos de surrealismo (contigo, como no podía ser menos). El café de siempre en el lugar y la hora de siempre. Las mezclas de personas que parece que salen bien. Llevaros a la playa a esas horas de la noche para que os subáis la autoestima pensando que quiero hacer un trío con vosotros :-). Los mexicanos locos. Definir a las personas (moreno, ojos marrones, así guapillo). Definir a los bares (estilo puticlub veneciano).
Llegar a casa a las 2 de la mañana y volver a la calle a las 2,30, para que me vuelvan a confundir contigo.
Madrugar para recogerte, enseñarte mis rincones: tú me invitas al tren, yo te invito a comer. Ponernos al día en muy muy poquito (“Es un problema de actitud”. ¡¡Pepino!!). Merendar burradas en el sofá. Llevarte de vuelta a la estación y salir corriendo, sin mirar atrás, antes de que vuelvas a ponerme esa cara y yo vuelva a cogerme otra rabieta diciendo adiós.
Ceder ante tu “chantaje emocional” (palabras textuales) por ver la sonrisa que te salió cuando me viste aparecer. Tus mensajes sobre las precauciones y los chiquitos (que a mi neurona aturdida le costó pillar). Verte a diario la primera parte de la semana. Echarte de menos a diario la segunda parte. Correr contra el granizo, los estudiantes que colapsan los buses de la costa, los regalos que me quedaban por comprar y las autoescuelas que te quedaban por pagar. Por cierto... ¡¡Feliz Cumpleaños!!
2 comentarios:
Amiga de agua salada, ¡el menda sí que está espesito! Leí el post ayer de madrugada y no me di por aludido en ningún momento...A estas alturas debería estar acostumbrado a mi tendencia al insomnio, pero se ve que no.
Hoy hablaba (cómo no) sobre perversiones a la hora de la merendola y, de haber estado, habrías empezado a convulsionar: la conclusión de alguno era que hablar de sexo es cosa de tíos.
¡Salud apañera! Que para aguantar lo que nos queda...
¿De tíos? Ah bueno, entonces voy pidiendo el cambio de sexo ya porque he debido nacer en el envoltorio equivocado... Esto demuestra que, efettivamente, el mundo está fatal de los nervios. Y, ¿seré capaz de identificar al autor de semejante conclusión?
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