A veces me doy cuenta de que gran parte de lo que escribo parece moyennement negativo, o deprimente, o triste, o melancólico, y no termino de entenderlo porque la mayor parte del tiempo no es así como yo me siento. Será porque me evito a mí misma, e intento no echarme demasiada cuenta. O que escribir desahoga lo que de verdad hay dentro, lo que gritarle al viento. O será que, a veces sí, me presto demasiada atención.
“Sentía el sudor de sus cuerpos entrelazarse bajo la arena. El sabor a sal, el olor a tierra mojada. El olor a sexo era lo que más excitaba. Podía adivinar los contornos de los cuerpos, las fantasías que cada uno de ellos imaginaba en cada momento”.
Después soñaba con hacer castillos de arena, sin más ayuda que una pala y un rastrillo. Nunca se acostumbró del todo a utilizar el cubo, porque entonces la forma de los alminares quedaba demasiado perfecta. Le gustaba apelmazar bien la tierra y el agua para poder perfilar la arena con la mayor precisión posible. En cada torre de su castillo habría una princesa, ganándole la partida al dragón (con los puños o con el intelecto: si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él). Los dragones parecen peligrosos, o al menos así nos los venden, pero quizá puedan ser buenos amigos nuestros. Las princesas no deberían necesitar de apuestos príncipes encantadores que las liberaran de criaturas de cola venenosa y lengua humeante. Deberían bastarse y sobrarse ellas solas para eso, porque son bien capaces. Deberían plantarse y no dejar que nadie les venda la idea contraria. Pero conozco demasiadas princesas, jóvenes y hermosas, atadas, con tal de no quedarse solas en la lucha, a un príncipe peligrosamente embaucador que las trata como vasallas. Y se les olvida que, descalzas o con zapatos...
“Sentía el sudor de sus cuerpos entrelazarse bajo la arena. El sabor a sal, el olor a tierra mojada. El olor a sexo era lo que más excitaba. Podía adivinar los contornos de los cuerpos, las fantasías que cada uno de ellos imaginaba en cada momento”.
Después soñaba con hacer castillos de arena, sin más ayuda que una pala y un rastrillo. Nunca se acostumbró del todo a utilizar el cubo, porque entonces la forma de los alminares quedaba demasiado perfecta. Le gustaba apelmazar bien la tierra y el agua para poder perfilar la arena con la mayor precisión posible. En cada torre de su castillo habría una princesa, ganándole la partida al dragón (con los puños o con el intelecto: si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él). Los dragones parecen peligrosos, o al menos así nos los venden, pero quizá puedan ser buenos amigos nuestros. Las princesas no deberían necesitar de apuestos príncipes encantadores que las liberaran de criaturas de cola venenosa y lengua humeante. Deberían bastarse y sobrarse ellas solas para eso, porque son bien capaces. Deberían plantarse y no dejar que nadie les venda la idea contraria. Pero conozco demasiadas princesas, jóvenes y hermosas, atadas, con tal de no quedarse solas en la lucha, a un príncipe peligrosamente embaucador que las trata como vasallas. Y se les olvida que, descalzas o con zapatos...
Galletas de chocolate mojadas en un vaso de leche fría... Se vienen mereciendo un post y se me hace la boca agua al pensarlo. Un post para ellas solitas. Y otro para una lista de los grandes placeres de la vida, ésos cuyo mero recuerdo te alegran la semana o el mes entero (ya que nos ponemos, nos ponemos).
Y, por si a alguien le quedaba alguna duda de qué es lo que mueve el mundo y quién se encarga de enderezar los engranajes:
“Y no me hago a la idea de no volver a verte”, dice el burro amarrado en la puerta del baile.
***** "Que el hecho de estar vivo siempre exige algo" ("Pequeña como una estrella fugaz, como el universo antes de estallar")
1 comentario:
Es que escribir es bueno para aliviar la agresividad, pero a veces se nos olvida hacerlo también por placer. Por eso de un tiempo a esta parte tengo a ciertos señores vetados en mi blog...
Yo cambio las galletas por los grumitos del cola-cao ;)
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