lunes, 19 de marzo de 2007

Rabia

Dicen que el 80% de nuestro cuerpo es agua. Agua que se va y que vuelve. Por ejemplo, la que lloramos. Pues bien: me has obligado a ponerme inflexible, muy a mi pesar. Así que te anuncio que, desde hoy, no pienso perder ni una gota de agua por llorarte, a ti ni a tu actitud. A estas alturas me temo que ni siquiera lloraré por lo que, durante tanto tiempo, fuimos. Ya solté demasiada agua por ti, y ésa no la voy a regenerar para volver a perderla. Óyeme bien: “ni las migajas”.

Así que mira, ¿qué quieres que te diga? Agotaste, día a día, mi paciencia, que, por otro lado, ya sabías que no era infinita. Aunque contigo fue bastante grande. Me cansé de tus gestos un día, de tu ausencia al día siguiente. Te lo dije una y mil veces. Y el que avisa no es traidor. Así que hoy no tengas –encima- el morro de quejarte de mis silencios, y quedarte parado por la sorpresa, con los ojos como platos: haberte acordado ayer. O mejor, acuérdate mañana, que seguro que te hace falta. Porque siempre te termina haciendo falta. Y siempre acabas viniendo cuando necesitas que te salve el culo de algo, como si yo sólo sirviera para sacarte de líos. No cuentes con mi ayuda. Lo siento. Si te la presto, sólo me servirá para sufrir más cuando vuelvas a olvidarte de quién fui.

Y, además, quiero recordarte que, cada vez que te alejaste, terminaste muriendo por volver. Y con frecuencia te las apañaste para recuperarme: pero siempre perdiste algo que habías tenido antes; yo me alejé pocas veces, pero cuando lo hice lo hice con argumentos y sentimientos. Y, cuando volví, siempre recuperé, sin pedirlo, algo más de lo que había tenido antes. Así que mide tus estrategias y reajusta tus cálculos. No sea que tu camino haya terminado. Ya sabes, conmigo puede que más alto, pero no más claro. ¿Qué quieres, que te diga “nunca jamás”? No lo diré, ni a ti ni a mí misma... Porque me enseñó mi mamá que ésa es la forma más rápida de repetirlo: y de este plato ya no me apetece ni bocado.

Ni te entiendo, ni lo pretendo. No debería dolerte que sepa sobrevivir sin ti, ni siquiera que lo haga –modestamente- de puta madre; porque yo, si algo sé, es sobrevivir. Sin ti o sin quien sea, eso ni lo mereces ni lo desmereces. Si abrieras bien los ojos y alcanzaras a intentar ver mis sentimientos, te darías cuenta de que tu problema no es que yo sobreviva sin ti: tu problema es que ya no quiero vivir contigo, que me quitaste las ganas. Que ni siquiera quiero que estés en mi vida. Que esta rabia es pasajera y es la última. Que mañana no habrá rabia ni dolor, sólo indiferencia.

Yo te dejé porque para mí ya “sólo” eras una muy buena opción –no el todo y el para siempre, como tú querías-, y me parecía injusto: para mí, porque no lo estaba viviendo a tope; pero también para ti, porque tú y tus sentimientos os merecíais mucho más. Ahora ya no eres una opción ni medianamente apetecible, porque te mereces mucho menos. Te hice mucho daño, de acuerdo. Lo has pasado muy mal. Pero nadie dijo que fuera fácil para mí. Yo seguí cuidándote, como siempre había hecho. Tú seguiste aprovechándote de que yo te cuidaba, como siempre habías hecho. Y ya me harté de ser el chivo expiatorio y de sentirme mal por alguien que ni siquiera me mira a los ojos cuando me pide un favor.

Así que hala... vaya usted con Dios –o con quien quiera- que esta puerta ya se cerró. Y mejor dejo de escribir, porque sino la rabia seguirá aumentando. Y no quiero ser mala, ni pensar en canciones que hablen de noches vacías, regresos solo y malherido, y arrepentimientos por haber arrojado tan lejos de tu cuerpo a alguien que, así no fuera como te hubiera gustado, te quería.

Pensándolo bien... ni siquiera voy a tomarme la molestia de anunciártelo.


***** “Al menos tú lo sabías, al menos no te decía que las cosas no eran como parecían. Aunque si no eres la persona que soñaba para... ¿Qué voy a hacer? Nada”

1 comentario:

¿CAMBIÓ LA MAREA? dijo...

Sí, en estaciudad también es lunes...